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martes, 20 de julio de 2010

Mamitis

Hoy hablaba con mi amiga Frida y me contaba que su primogénito está aprendiendo a caminar y que, junto con sus primeros pasos, también está teniendo sus primeros porrazos.
Hablando de cómo esos golpes son más preocupación para los padres, que corren buscando hielo, se desesperan con los llantos de susto (sorpresa supongo) de los chicos y ruegan porque no se hayan roto la crisma (me encanta esa palabra, que ya nadie usa) o la mollerita todavía en etapa de solidificación, más que para los hijos que, a los 3 minutos y pasado el susto, ya estan corriendo de nuevo y jugando con la hasta entonces ignorada ley de gravitación.
Pero ni bien mencionó cómo ella corría buscando hielo para socorrer a su hijo, vino inmediatamente a mi memoria un recuerdo, tan patente, que transmitió toda la fuerza y las sensaciones (subjetivadas, claro) de lo que viví hace fácil unos 25 años:
Me acuerdo del bidet blanco con grifería de porcelana, de esos vieeeejos que ya deben estar tan extintos como los dinosaurios, sobre el que me paraba para colgar la toalla de baño. A mis seis años, mis papás eran gigantes que llegaban a lugares cercanos al cielo, y yo tenía que auxiliarme de todo tipo de suplementos para alcanzarlos. La cosa es que, en uno de esos intentos, todavía mojado del baño e inconciente del peligro, me trepé al bidet y tan rápido como me quise levantar, me caí golpeándome la cabeza contra la bañadera de acero enlozado. Acto seguido, no sé bien si mi llanto, el ruido del golpe, o ambos, trajeron a mi mamá a ver qué pasaba.
Con la tranquilidad de la madre que ya vivió esas corridas con el primero, en lugar de llamar al médico, gritar desaforada "llamen al 911" o desmayarse, fue tranquila a buscar un cuchillo de manteca, volvió donde estaba yo, todavía tirado, mojó el cuchillo bajo la canilla y lo empezó a frotar sobre la frente, diciéndome que no pasaba nada y que ya estaba...
Dije que el recuerdo vino con todas las sensaciones; recordé el frío del cuchillo sobre la frente, que con cada contacto me hacía inspirar en sollozo; me acuerdo el vapor en el baño y el calor bastante sofocante que sentía en ese momento; pero sobretodo, me acuerdo de la tranquilidad y la seguridad que sentía en los brazos de mi mamá, sabiendo que ya estaba todo bien, sólo porque ella me lo decía.
A veces, siento que necesito esa tranquilidad. La seguridad en los brazos de alguien que me diga que ya pasó y que todo va a estar bien. A veces siento que tengo un chichón de porquerías y necesito me pasen el cuchillo de manteca, para deshincharlo.

8 comentarios:

SOL dijo...

Pero para que haya alguien que te pueda abrazar y decirte que ya pasó y que todo va a estar bien, tenés que dejarla entrar en tu vida...

AS dijo...

Las puertas están abiertas... Lo que creo es que, finalmente, la desocupó la inquilina anterior.
De ahí la (radical) diferencia.
Beso!

SOL dijo...

Bien ahí! Todo un avance ;)

Lila Biscia es Lilus bla bla dijo...

ay! me hiciste llorar, malo!!!!

AS dijo...

Estás sensible, Lilus... gracias!
Besote!

Agostina dijo...

"A veces, siento que necesito esa tranquilidad. La seguridad en los brazos de alguien que me diga que ya pasó y que todo va a estar bien. A veces siento que tengo un chichón de porquerías y necesito me pasen el cuchillo de manteca, para deshincharlo"


Me inspiraste mucha ternura! Primera vez que comento y que entro a este blog, me voy a seguir leyendote... Besos!

AS dijo...

Gracias Agostina y bienvenida a los fragmentos torpemente extractados de mi mundo!
Salute!

ellunes dijo...

hermoso (,) amigo

 

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